
En la última sesión que tuve con mi loquera (como me gusta decirle jejeje) ella me dijo algo muy interesante:
“El amor nunca se acaba en la medida en que ninguna de las dos partes
quiera que se acabe, en la medida en que ambos todavía quieren seguir
construyendo algo juntos”
Esa frase se me ha quedado metida en la cabeza por la veracidad que hay en ella. Una frase parecida a esta la escuché en Pataclau (sí, lo sé, nada que ver mi comparación):
“El amor es como una casita. Si se rompe una ventana ves como arreglarla,
si te aburres de tu cuarto, lo puedes remodelar. La casita de amor se acaba
cuando, simple y llanamente, ya no quieres vivir en ella, y ninguna
remodelación o cambio te hará cambiar de parecer”
Al final, ambas frases dicen lo mismo: El amor no se acaba si tú no quieres que se acabe. Si lo alimentas todos los días no tendría por qué acabarse. Siempre va a haber problemas o momentos feos, pero la idea es que puedas sobrellevarlos.
Por eso dicen que el amor más puro y verdadero, es aquel en que hay desprendimiento y no hay egoísmo. Ese en el que la alegría de la otra persona es tu alegría porque ver a la otra persona alegre es lo más hermoso del mundo. En el que puedes renunciar un poquito a lo que tú quieres. Sin embargo, creo que una de las cosas que he aprendido, es que uno tiene que saber los límites de esta entrega y desprendimiento.
Me explico: No puede haber amor en una relación en la que una persona crece y la otra no o, en todo caso, donde el crecimiento de una persona hace daño al otro. Esto parte de la satisfacción que cada uno tiene como persona, en el hecho de ser consciente de que cada uno tiene un proceso de crecimiento, desarrollo y aprendizaje distinto. Pero si no estás conforme con tu propio proceso, sentirás que los logros y metas de la otra persona te opacan y te sentirás menos. Desarrollar esa paz interior y ese amor propio viene de ti mismo, y no de los demás.
Además de esas conclusiones a las que he llegado en la vida (modestia aparte, me siento orgullosa de ello), aun hay dudas. La más importante es: ¿Cuándo te das cuenta que ya no quieres construir? ¿Cuándo estás segura que ya no quieres vivir en esa casita?
Es muy difícil saber realmente la respuesta a esa pregunta. ¿Qué pasa si lo que no te gusta es la puerta, o tienes ganas de remodelar la cocina o, por último, quieres remodelar tu guardarropa y realmente no es que te quieras mudar? Supongo que si tienes esa incomodidad por más que intentes muchos cambios y mejoras, debe ser que poco a poco la respuesta es obvia pero te cuesta un poco aceptarlo… El apego que tienes puede estar cegando tu racionalidad y por eso a veces es difícil obtener una respuesta y tomar una decisión.
Supongo que nunca habrá una respuesta universal para determinar cuándo es el momento de terminar una relación. En el amor, no hay fórmulas correctas ni reglas que funcionan para todos. Cada pareja va dándole forma a su relación. Puede haber personas a las que les molesta algún hábito tuyo, por eso uno busca en la vida a la persona que se acomode a ti y te haga feliz.
Esa búsqueda es larga, dolorosa y complicada. Pero a la vez, cada caída te ayuda a crecer. Con cada caída te vuelves más sabio y más fuerte.
Creo que esa búsqueda aun no ha terminado para mi.
