En el 2011 terminé una relación que había durado 5 años y 8
meses. Considerando que esa relación empezó cuando yo tenía 16 años, sin duda
alguna puedo decir que fue importante para mí. Aprendí a abrir mi corazón,
aprendí a hacer planes de a dos, aprendí a compartir otro tipo de experiencias.
Pero hacia el final de la relación aprendí el dolor: De que te engañen, de
sentirte decepcionada, de sentirte no valorada. Por primera vez en mi vida
sentí el miedo más profundo que recordaba: Miedo a volverme a sentir lastimada.
Algo se quedó adolorido en mí y desde entonces “aprendí”
(bueno, es una forma de decirlo) a ser hermética, aprendí a huir cuando
empezaba a encariñarme, para protegerme.
“Aprendí” que ser vulnerable no me iba a llevar hacia ningún
lado, sino que solamente le iba a permitir a otros hacerme daño… Así lo hice en
el trabajo, y me funcionó: He crecido a punta de esfuerzo y perfeccionismo, de
mostrarme dura y capaz… Así y sacándome la mierda en mi trabajo, me he ganado
un buen lugar como consultora en una empresa importante de investigación.
Con eso validé que lo “aprendido” servía y… Pues mejor lo
usaba en todos los ámbitos de mi vida para poder seguir avanzando.
Y es que… ¿a quién podríamos culpar por ocultar su
vulnerabilidad? Nos enseñan desde niños que ESTÁ MAL mostrar tu debilidad, que llorar
es algo malo que debemos ocultar, que la tristeza o el enojo son sentimientos
NEGATIVOS, que si muestras tus sentimientos eres una ñoña, que si te duele,
pues te sobas y continúas, que no puedes estar eternamente lloriqueando y que
no hay tiempo para tonterías… Lo aprendí y así lo hice…
Desde que terminó esa relación han pasado 6 años y medio en
los cuales no he vuelto a estar con nadie (dos enamorados de 2 meses cada uno en
el 2012 y en el 2015, la verdad, no cuentan). Sin embargo, sí la he cagado y sí
me han cagado. He vuelto a sentir dolor, me han lastimado y probablemente he
lastimado sin querer. He sentido miedo y optimismo, tristeza y alegría…
En todo este tiempo conmigo misma me di cuenta que era
imposible apagar toda la maraña de pensamientos y sentimientos que soy.
Encerrarme en una caja de fierro y negar mi vulnerabilidad no me iba a llevar a
ningún lado. No en el ámbito sentimental (y no solamente hablo de parejas,
hablo de sentimientos en general).
Me di cuenta que estaba presa de mi misma y la única que
salía perdiendo era yo. Me di cuenta que no podía hacer pagar a otros por el
dolor que me había causado una persona, era como hacerlos pagar un castigo por
algo que no habían cometido y, peor aún, castigarme a mí al quitarme la
posibilidad de tener nuevas experiencias y conocer nuevas personas.
Fue así que volver a estar jodida para “desaprender” mi regla
de no volver a confiar más, de no volverme a mostrar vulnerable.
He tenido que “desaprender” esas asociaciones negativas que
hay con sentimientos como la tristeza, el miedo y el enojo, para atreverme a
sentirlos de verdad y permitirles que me enseñen lo que me toque aprender.
Es imposible pretender que nunca más alguien volverá a hacer
algo que pueda causarme dolor, pero negarme a sentir y a experimentar es
causarme dolor yo misma. Al final de la partida, no hay mayor tranquilidad que
la de haber dado todo de uno.
Y es que el camino es así, nos vamos transformando, vamos
viviendo y vamos aprendiendo; tomando lo que sirve y desechando lo que no nos
suma…
Vida que le dicen, no?
No hay comentarios:
Publicar un comentario